La masacre de la dulzura
Sangran las cenizas debajo de la casa,
el olvido devora a los nombres que recita la memoria.
la ternura,
herida,
salta por la ventana
y huye con los pies descalzos
por entre los árboles mojados,
que no se han secado en años.
Mis dientes de leche se desarman.
Como la palabra,
que agoniza,
le han arrancada las alas,
le han arrancado las alas a la palabra
y ahora agoniza.
Mastico con mis encías los huesos de cadáveres,
que ha dejado el amor
y el fuego cuenta leyendas
de un corazón que resucitó de entre los vivos.
La carne se pudre a los pies del tiempo,
yo no soy más que una idea perdida en este cuerpo.
Debería haber escapado
durante la noche
como los amantes desnudos y ciegos
que corrieron hasta las manos de una muerte muda pero tibia.
En esta tierra fragmentada
un ángel cayó y murió al cerrar los ojos en un beso.
Acá
las bocas son los cementerios de las historias,
las manos se enfrían a mitad de la taza,
y aún así
batallamos contra aguas violentas sin cuerpo,
cuando ni siquiera podemos aguantarnos un parpadeo.
Camino a una hora del sueño,
siempre a una hora de distancia,
ya no sé de qué está hecho el mundo si no es de
artificios hilados con ficción.
Aquel que le dijo a la vida que es bella
nos arruinó la existencia,
ahora andamos buscando,
inútilmente,
una mirada en cualquier par de ojos rotos.
Decime que merecemos algo mejor,
antes que clave la espada en la piedra
y renuncie a la herida que llevamos en el pecho.
Decime que merecemos algo mejor,
que el asesinato de la dulzura sólo fue un intento de salvarnos la esperanza
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